Arancha Goyeneche

Arancha Goyeneche expone Visto y no Visto en el Palacete del Embarcadero, Santander, Abril 2016.

Sin mundo no hay paisaje. El mundo no es sino un lienzo para nuestra imaginación.
(Thoreau)

«Visto y no visto»

Encontrarse con la obra de Arancha Goyeneche siempre implica un esfuerzo por parte del espectador, pero no un esfuerzo tedioso basado en lo concienzudo, las extensas lecturas y las complejas teorías. El trabajo que las creaciones de Arancha exigen al espectador tiene que ver con el dejarse llevar; con transportarse directamente a lo más gozoso, lo más placentero y lúdico, lo más sencillo y, precisamente por eso, lo más olvidado en ocasiones por la demanda de inmediatez y rapidez mecánica de la sociedad que nos contiene, relegado, por lo tanto, a planos del individuo que, en ocasiones, ya son para nosotros de difícil acceso.

En Visto y no visto, Goyeneche nos hace jugar mentalmente con el tiempo, con el instante –que puede ser eterno si está contenido en la memoria, o infinitamente rápido si este no consigue permanecer en ella–. Y así, con detenimiento, es como uno se acerca a su obra, ágil en su proceso de ejecución pero contradictoriamente cocinada a fuego lento en su concepción previa, como si un boceto mental anterior necesitase el reposo y el sosiego tras un análisis casi místico de la naturaleza que nos rodea.
La investigación de la artista cántabra traspasa los límites de la percepción entrando en el campo de lo emocional, lo sensitivo o lo sutil. Las piezas que componen la exposición del Palacete del Embarcadero sitúan al visitante en un laboratorio surgido de su análisis plástico, o bien en un receptáculo de cápsulas de momentos, estampas, e instantes que, congelados, esperan cobrar vida al ser encontrados por quien los observa.

Arancha Goyeneche interpreta paisajes vivenciales y experiencias directas en la misma naturaleza por medio de su personal lenguaje, el cual evoluciona técnicas post-pictóricas y por las cuales se ha convertido en una de las mejores representantes en nuestro país de la Pintura Expandida, en la que en los últimos años, ha incluido de forma magistral los fluorescentes, casi en un punto intermedio entre la solemnidad y el divertimento.
La artista recorre los paisajes con una mirada encendida, y posteriormente, investiga, traduce o conduce a través de una interpretación abstracta a una necesaria alusión climatológica que avanza en la vida como ciclo imparable, incontrolable en la vida de cualquier individuo. Es curioso cómo la obra de Goyeneche trasmuta todos esos matices de nuestro gran contenedor, que paradójicamente podrían pasar inadvertidos o ser invisibles viviendo en la urbe.

Con esa calma y tranquilidad que despide como ser humano, Arancha transforma esos paisajes calmados por los que transita en otros nuevos, abstractos, que quizá nada tengan de natural ni orgánico, pero que están llenos de la misma experiencia que ella obtiene de gozo, entendimiento y reflexión con su trabajo…

Y sobre estos tres cimientos es donde se construye su obra y que sirven de guía para quien la analiza, aspectos a tener en cuenta si el público se predispone a realizar ese esfuerzo con el que comenzaba. El gozo de estar viva: que se hace explícito en el uso del color saturado y la luz, apoyándose en las superficies brillantes del material pictórico empleado. Una actitud positiva, recíproca y placentera y, por lo tanto, generosa. El entendimiento o saberse pintora del presente, que no renuncia las posibilidades plásticas que ofrecen los nuevos medios pero sin desviarse de una trayectoria que la inscribe dentro de una tradición de artistas que han hecho del espacio referente y lugar de encuentro para la experiencia estética. Por último, el carácter reflexivo que tiene que ver con el ejercicio de síntesis: (re)presentar el entorno vivido que se liga a la memoria, lo que registramos en un abrir y cerrar de ojos y que se fija, inestable aparentemente, en el compartimento interior de nuestros recuerdos –contribuyendo a que encontremos más que acertado el título con el que ha bautizado esta muestra.

EL CICLO | El fin es el principio

En las interpretaciones que la artista nos propone, nos encontramos con un peregrinar por horizontes en los que poder observar la síntesis reflexiva que en su trabajo produce de los colores y las experiencias sensoriales mediante su proceso creador: Nieves, deshielos, verdes prados, hierbas secas… ciclos vitales de la tierra y también de los seres que la acompañan y que inevitablemente se relacionan, regidos por su imperioso orden, con la necesidad del abrigo, de siembra, de colecta… Todo esto, remite a otros sentidos como el olor o el tacto con la aparente simplicidad que entrañan las tiras adhesivas, características de su lenguaje pictórico y que dan forma a estas estampas: seis paisajes contrapuestos a otros seis, que ayudan indirectamente a leer los diferentes momentos de la vida de quien los mira.
Es normal que el espectador dude entre dejarse llevar por la sensación lúdica de sus obras o por la mística de sus análisis intrínsecos, pues lo que parece azar en su lenguaje obedece a un orden y estructura que se establece más allá de lo teórico, traspasando, quizá, a un nuevo orden espiritual a modo de un ritual zen que, en proceso meditativo, reposa su mirada sobre el principio y el fin de un recorrido.

Arancha nos sorprende cuando nos detenemos a analizar que, al volver a revisar ese transitar, jamás se torna igual, pues el individuo y lo observado cambian en ese proceso con la misma rapidez e inmediatez que los segundos que pasan en la vida, esos mismos segundos, ágiles y rutinarios, que impiden que nos podamos detener en esta básica reflexión en la que ella profundiza. Del mismo modo que el fin de cada día es el principio de uno nuevo, las estaciones del año, o los procesos de la vida, establecen bucles infinitos a los que adecuarnos.
Para no perder la referencia al sumergirnos en su propuesta, la artista nos hace un guiño con sus instalaciones site specific y nos recuerda con sus piezas Este y Oeste los puntos cardinales reales del lugar en el que estamos situados. Una geolocalización necesaria ante un espacio en el que el visitante puede perder su mirada en el infinito de estos paisajes planteados por la artista y cuya referencia puede traernos de vuelta al momento presente.

Pero Arancha, no nos hace reflexionar exclusivamente sobre esos ciclos lógicos y conscientes, palpables en la relación del ser humano con el universo, sino también con el instante, con lo exclusivo del momento y lo diferenciador en nuestra relación con la vida, condicionado por lo incontrolable de algo mayor que el ser: la naturaleza universal.

Nos muestra los cielos bajo los que habita, marcados por sus característicos, momentáneos e incontrolables colores que a veces, incluso, parecidos entre sí distan en su origen: la luz de un día de sur; la luz de un cielo iluminado por el fuego, ambos incandescentes, pero con matices tan tremendamente dispares; los cambios en el paisaje, en el individuo, en las proporciones de agua o de oxígeno. De éste modo, otros sentidos del visitante son llamados para la percepción de lo intangible, de los olores e incluso sabores de nuestros nutrientes, condicionados ya no sólo por el ser humano, que se cree con el poder de cambiar el curso de las cosas, sino con el poder mayor de lo incontrolable, de los vientos que llevarán de un lado a otro todos esos matices, de las lluvias y las mareas que cambiarán el cauce de lo esperado.

Arancha no pretende hacer una lectura ecológica o establecer una doctrina de conciencia sobre los elementos, pero sí nos da un ejemplo silencioso con su análisis, de lo maravilloso que es detenerse a observar, de recuperar esa capacidad de reflexión y comunión con el todo que nos rodea y sin el todo que no podríamos vivir.

Como es adentro es afuera

Para esta exposición, y casi de manera inconsciente, la artista nos permite ver en una de las salas más recogidas e íntimas del Palacete del Embarcadero, la sala-capilla interior, una serie de paneles de sus brillantes y dinámicas Sticked Paintings.
Aquí la imagen parece ser sustituida por un lenguaje más narrativo. El paisaje, la diferentes concepciones del mismo, nos conducen a otras vivencias que quizás son más costosas de percibir -aunque tengamos todos nuestros sentidos a punto- o que requieren otra actitud, igualmente activa, pero que con su carácter críptico no hacen más que apelar a nuestra imaginación. Aunque los elementos que las configuran tienen una apariencia similar, pareciera como si las referencias emanasen de un yo interno que elabora un código más flexible y versátil, volcando una poética que no renuncia a una organización o una disposición determinada, para no dificultar una lectura que nunca será única. Sus referentes, en este caso, recogidos también del interior arquitectónico, pues esta serie, alude a los maravillosos brillos, destellos, colores y dibujos que Arancha observaba en el interior de las construcciones de la cultura árabe del sur de nuestro país.

Este juego casual, podría establecer una lectura o símil sobre sí misma, el exterior y el interior del individuo, la relación con el todo, casi del mismo modo que ella se relaciona con el espacio en esta muestra parece mostrarse con la vida y con su yo interno y externo: el íntimo, el recogido, el reservado a este espacio en el casi no puede contenerse la vitalidad de la obra, para su lado lúdico: el jovial, el dinámico, el optimista, el que afronta esa relación con la obra y con la vida desde el gozo, desde el disfrute de poderse sorprender con las maravillas universales y con el júbilo de poder trasmutar todo aquello que no es bello en algo plásticamente sublime. Y de este modo, casi con sabiduría oriental, Arancha nos ofrece la calma armónica a cada uno de los individuos con los que se topa en su andadura.

La belleza de lo simple

Como reflexión final, y casi como síntesis de todo el despliegue pictórico que la artista nos propone en Visto y no visto, nos quedamos con la esencia esta reflexión: la belleza se encuentra en la simplicidad de las cosas, y lo imperceptible de esta belleza de cada instante, bien lo alude el título, es visto y no visto, por lo que ¿por qué no permanecer atento a lo maravilloso del regalo de la vida?

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