TEATRORUM de José Luís Serzo

Texto para el Teatrorum –DA2  (Salamanca) que presenta una exposición comisariado por Noemí Méndez y Carlos Delgado Mayordomo, planteando una lectura transversal a la producción de José Luis Serzo (Albacete, 1977), uno de los artistas más destacados y reconocidos de su generación.

«El Origen de (su) Mundo o de como Serzo abre el telón»

La pintura «El origen del mundo» de Gustav Courbet permaneció oculta durante décadas, del mismo modo que permanece escondido lo que hay tras un telón. José Luis Serzo ha jugado con la imagen de la cortina de manera consciente con los espectadores de sus obras, sin embargo, del mismo modo que sus pinturas poseen una gran carga subconsciente, Serzo, ha desarrollado con el Teatrorum una especie de mágico misterio vinculado al más puro origen de su obra.

Si desarrollásemos toda una teoría freudiana en torno a la imagen del Teatrorum de Serzo –siempre entre abierto en dos, sujetas las telas por algún objeto en semitensión, de aparente fragilidad pero con la suficiente fuerza como para sostener los pesados telajes, e induciendo, siempre de manera sugerente, al espectador a atreverse (o no) a entrar en la profunda oscuridad– hallaríamos probablemente una serie de conexiones con su origen como artista, como pintor, como persona y por qué no, como baluarte de un barroco contemporáneo que parece ir impreso en su adn profesional y personal.

La palabra Teatro, heredada del griego y, cuyo significado original nos sirve de punto de partida para enfrentarnos a las obras de Serzo es «lugar para contemplar», este significado, ya de por sí, nos invita a reflexionar sobre esa mirada especial que posee él hacia el mundo, su mundo –porque todos vemos el mundo según nuestra mirada– y nos lleva a detenernos en el fundamento de su aparente fijación con el telón entreabierto que asoma en todas sus series. José Luis Serzo, nació en un pequeño pueblo de Albacete, donde la sequía cultural estaba solventada gracias a su propio origen, sus padres: una madre directora de teatro de su pueblo y un padre funcionario; melómano y lector empedernido, que regaló a su hijo sus primeros libros de arte –de Goya y Dalí –, momento en el que decidió querer llegar a hacer algo tan bello y soñado como lo que veía en aquellas páginas. Para el artista, la vinculación con los telones viene precisamente de esa semilla materna ya que, criado entre bambalinas, empieza a generar escenografías y mundos junto a ella desde sus primeros pasos.

En el transcurso de sus series, la aparición recurrente del misterioso icono del Teatrorum, que además se acompaña siempre de un intenso rompimiento de gloria no es mas que un homenaje a su origen, al momento de ver la luz, de salir al exterior y comtemplar la grandeza de lo que nos puede acontecer la vida, un homenaje al comienzo de cualquier aventura serziana –esas en las que el artista, en algún momento, volverá a traer ante nosotros esta misteriosa figura de telón circular, dotándola casi de vida propia–.
¿Es entonces el Teatrorum un personaje más de todos los que nos presenta Serzo en esa línea casi invisible entre ficción y realidad?, o ¿es quizá, el apuntador de la obra que ancla al artista a tierra firme, recordándole el cometido de su propia creación? Esos telones pesados, reclamándole –o pidiéndole– que tome tierra, que fije los pies en el suelo sin olvidar lo material del mundo. Su fantasía, su ansia de un nuevo paradigma –reflejo absoluto de sus luchas internas– nos terminarán llevando a una lectura más, totalmente lacaniana, en el sentido por el cual entenderemos que es el subconsciente del creador el que está estructurando un lenguaje propio con su obra. Es así, pues, que él mismo nos grita con cada una de sus series sus encuentros y desencuentros con la vida, sus encuentros y desencuentros con su origen y sus encuentros y desencuentros con el propio Courbet –hacia el que el artista ha confesado haber sentido rechazo por representar todo lo kitsch y lo manido en pintura, pero a su vez hacia el que sentir un absoluto respeto y fascinación–, y quizá, por qué no, nos intente también hablar de encuentros y desencuentros con la propia figura materna, o del nutriente de la vida.

El Teatrorum es la esencia misma de su creación, pues dotarlo de semejante colofón –un rompimiento de gloria–, utilizarlo siempre como filtro que nos abstrae de lo superfluo y nos hace concentrarnos en el momento preciso de un nuevo amanecer, es semejante a concederle el culmen de los placeres de la vida, porque un artista no puede sino crear, y hallar su clímax vital en el momento de la creación.

Ahora todo parece encajar: «El origen del mundo» de Courbet es la sugerente pintura de la entrada al cuerpo femenino, el origen y semilla de la vida, ya que tras ese «telón» presentado por el artista francés podremos ver siempre el nacimiento de algo nuevo, placentero, inesperado, fruto de sumergirnos en tan sugerente invitación, convirtiéndose entonces en el símil perfecto para atrevernos a traspasar los telones de nuestro artista. Ahora bien, si uno se atreve a traspasarlos, deberá comprender que a lo que se enfrenta va más allá de lo plástico y lo visual; mucho más lejos que la estética –tanto de lo bello, como lo kitsch; polos extremos en los que nos hará movernos– y se encontrará con los propios deseos y temores internos de cada uno de nosotros, eso sí, vividos bajo su prisma, su mundo –sus mundos– y ante los que deberemos elegir si quedarnos ante la superficie plástica o ir más allá donde nos toparemos, sin filtros, con las luces y las sombras de nuestro propio origen.

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